La palabra bardo para los celtas señalaba al contador de historias, leyendas y poemas; bardo en tibetano significa estado de transición entre una vida y la siguiente, y así volvemos al trasiego de almas y palabras de una a otra orilla con la ayuda de un guía, el psicopompo, en forma de barquero griego; de gato de Cheshire, como en La Alicia de Carroll; de búho; o de cuervo de Poe.
Con permiso de Jung, que le atribuye la mediación entre consciente e inconsciente, salto del Virgilio de la Divina Comedia al Peter Pan de Barrie, y me quedo centre niños perdidos y cronopios en el café de Lupe Salguero esperando que Cortázar me guíe; que la música que sale de Rayuela me ayude a saltar de casilla en casilla, de palabra en palabra.
Mientras leo, tomo un café en mi refugio, claro está sin reloj: conozco de memoria las instrucciones para darle cuerda del gran Julio. Siento que el asa de la taza también es un bracito desesperado que pugna por asirse a mis dedos, que la fría tinta se ha gangrenado en la espera e intenta adherirse a mi piel y correr mesa abajo. No en vano la editorial se llama Delirio y el poeta, Aníbal.
Para charlar, para dejarse llevar por la lectura, para organizar una presentación o una performance, para admirar las sillas recuperadas por Marga Pulido, para enamorarse de los libros de El Verano del Cohete. Cualquier hora es buena para curiosear por sus estanterías.